Poemas y Canciones

 

Ricardo Federico Mena

 

 

 

 

 

 

 

TORO NEGRO

 

Grabado en tinta de Telma Palacios - 1996

 

La muerte es un toro negro,

que me espera,

y con sus oscuras cualidades,

Me acerca el agua tan temida.

 

Por la ventana abierta

De mi casa de huesos tristes,

se precipitan catástrofes, tempestades,

y ausencias

como eco dispersado de mis cosas.

 

Llaman a mi puerta,

y tras los cristales de la tarde,

Contemplo la locura,

mientras veo los pasos de su sombra.

 

El toro negro

tiembla su insistencia, eludiendo las verónicas

que aún me preservan

de la noche sin estrellas,

y un sordo rumor

que nace en mis entrañas,

Anuncia el adiós callado

De mi alma.

 

La fría memoria de la nada

se cuaja en los cristales de la lágrima,

y la hoja cansada del otoño

deambula por los aleros de la vida,

rodando la rutina de existir,

sin brújula…

 

Rueda el capote ensangrentado

por la arena, y envuelto en él,

descubro mi cabeza

mirando desde el vacío de mis ojos

el eco apagado de mis pasos.

 

 

Afuera, la primavera va pasando

por el cielo, mientras la gente silba

su alegría despreocupada,

y yo, abandonando mis ojos

sobre el hueco de mi mano,

soy el limosnero de la paz,

mientras mis labios ondulan, sin voz,

plegarias ciegas

hacia los espejos del silencio.

 

 

 

 

SUEÑO

 

 

 

 

Siento que la noche me atrapa,

En sus redes de cansancio,

Y me conduce por sótanos de sueño,

A un vuelo de crepúsculos,

Sobre el esmalte alado,

De oníricos colibríes.

 

Ellos me llevan a las cosas

Que no pueden olvidarse,

Y regresan fatigadas sobre mis ojos,

Cuando guardan en silencio,

La voz lila de las estrellas.

 

Cerca, muy cerca, escucho

Alegres arpegios de guitarras,

Acercando su miel arrebatada,

Que trepa sonora por mi alegría….

Que se aleja.

 

Era el verano entonces,

Caminando ocioso entre tus pies,

Y tiernamente fecundaba,

Como al descuido,

La semilla violeta de los tarcos.

 

Soñaba que te soñaba,

Junto al río, contemplando,

El vuelo bermejo,

De pájaros sin nombre,

Cuando ensombrecían el rostro del crepúsculo.

 

El sueño me soñaba,

Tras los pasos de tu sombra,

Acercando el eco lejano,

De mi memoria distraída.

 

Allí transitabas lozana,

Rebosando adolescencias,

Desde tu cuerpo,

Alegre de primaveras,

Mientras yo, manoteaba mi tristeza,

Deshilachándose,

 En briznas grisáceas por el viento.

 

Puedo ver todo aquello,

Pasando por el sueño,

Mientras un ángel,

Me descubre el aroma tibio

De tu aliento,

Hecho música al nombrarme.

 

Yo regresaba, en el potro ámbar

De la luna,

Desde horizontes confusos de desesperanza,

Y al respirarte,

Le murmurábamos un réquiem

A la tarde.

 

Ella, preñada de adioses,

Barbotaba los rumores candentes

Del verano,

Mientras cantaba alegre,

 El regreso a su sueño milenario.

 

Yo vi, reventar entonces,

Entre sus brazos maternales,

La semilla rubia de los trigos,

Y la voz rauca, de la madre de los vientos,

Soplándome hecho versos,

Por la ondulación verde,

del San Bernardo en Salta,

por la cumbres blancas del Aconquija,

en Tucumán,

o por la pedrería abrasante del Chango Real,

en el Calchaquí santamariano.

 

Cabalgo alucinado,

La piel de mi nostalgia,

Bautizándome con el agua quieta

De los manantiales,

Que alimentan las lágrimas

De mis antepasados.

 

Entonces…

Sin pensar,

Me trepo por las parras,

Y soy el resuello verde,

Que por las uvas,

Amanece en la garganta de los vinos.

 

De pronto me voy quedando quieto,

Viéndote deambular,

Lejana y sin sonido,

Por los ojos de las llamas.

 

Ya es el día,

Y despierto,

Siento que el silencio

Se va trepando por mis gajos.

 

 

 

 

SALAMANCA DEL YOCAVIL

 

RICARDO FEDERICO MENA

 

Tinta China de María Virginia Mena

 

Voy caminando noche adentro

Los senderos calchaquinos,

Ahíto de mis andanzas,

A lomo de mi zaino oscuro,

Entrañable marchador peruano,

Buscando en las estrellas

El poema soñado,

Y en la negrura de la noche,

El secreto del infinito,

Ese temblor desconocido…

 

Vaga mi pupila absorta

Por las sombras…

Viciosa de lunas y rocíos,

Cuando ese silencio nocturnal,

Que se adhería a mi entraña

Temblorosa…

Se quebraba por el alucinante

Sonido de violines y guitarras,

En espectral y mágico concierto

 

El recodo del camino,

Y esa quebrada mortecina,

Rumbo a un Amaicha dormido,

Se alumbraban por el vaho fantasmal

Y azufroso,

De la Salamanca.

 

La música, preñada de insinuaciones

Embargaba mis oídos

Con una magia atrapadora

De sentidos.

Mi alma se va yendo…

Al espacio negro

Por ese aire muerto

De las hojas marchitadas,

Y mi cuerpo, como un garfio ciego

Se enreda en la melena

Rubia de las retamas…

 

 No sé si he muerto…

Si estoy vivo,

Sólo sé que me estoy yendo…

 

Hay un canto de sirenas

Que se cuela por el ramaje

De los arbustos rendidos,

Y me siento cual Ulises

Atado al invisible mástil,

De una nave de locuras.

 

Pero...

¿Qué sucede en esta noche

De telarañas demoníacas?

 

La nave ha encallado en la

Ensenada de los cerros,

Y una tripulación sin alma,

Y de ojos ciegos, desciende

Bailando por etéreas escaleras

De bruma,

Hiladas en noches de luna llena,

Por la baba cósmica

De una araña endemoniada.

 

La música me aturde

Y me conmueve…

Petrifica mi carne,

Trémula de soledades y de

Miedos…

 

Pienso, en medio de ese

Atronador aquelarre,

Si esta salamanca será la misma

Que tatuara tu alma,

Y oscureciera el azul de tus ojos,

Luís Aguirre, abuelo,

poeta de la noche…

 

¡Qué bien decía Horacio, viejo amigo,

Tu semblanza de ese diablo

Que mi pupila hoy aterrada mira!

 

Volvías del viaje

Hacia tu muerte, dulce y esperada,

Retornando a la vida,

Con un permiso escaso

Como flor de un día.

 

Era el diablo, decías

“petizo, morocho, petulante,

Y sin cabeza”

Bailando enardecido

Sudoroso y sin camisa,

Esa danza sensual, provocativa,

Ansiosa de la carne,

Que en sexo y más sexo

Se derramaba.

 

Efebos musculosos

Y mujeres como inventadas

De torsos desnudos y perfectos,

Pleiteaban la compañía

De ese Lucifer,

“negro, petizo y sin cabeza”.

 

De pronto…

La danza y sus acordes

Escalofriantes…

Aspiraban bocanadas de silencio…

 

Por un sur desvaído,

Desde un cementerio campesino,

Se va sintiendo

Como aludes de lodo

De un fantasmal río crecido,

El paso de frenéticas cabalgaduras,

Que atropellaban

Como a hojarasca seca

Las multicolores flores de papel,

Con que los muertos

Por las noches de luna,

Engalanan sus osamentas tristes…

 

Viene al frente…

Ceremonioso y pensativo,

En arrogante mula tuerta,

El Titaquín Bohórquez,

Señor de los Calchaquíes.

 

De pié,

Silenciosa, caminante y sin apuro,

Su manceba inseparable,

Escultural mestiza araucana,

Bruja sutil, de argucias y de amores.

 

Los grillos y los tucos,

Respetuosos…

Silenciaban su canto,

Y juntaban presurosos

Sus luces mortecinas,

para iluminar apenas,

la palabra hueca, sin verdades,

de un heraldo diabólico

sagaz y convincente.

 

¡Pedro Bohórquez,

Mistificador sublime!

Te has quedado en el valle…

En tu Tolombón soñado…

Escudero del diablo,

Atrapador de voluntades flacas,

Vendiendo trozos imaginados

De un infernal Pahititi.

 

Te integrabas gozoso

A la danza,

Bailando sin sosiego,

Alucinando con un coloquio dulce,

Seducente

Las almas nuevas que Mandinga,

En insomne asedio,

A la Salamanca ha convidado.

 

Veo irse a mi caballo,

Sin poder hacer nada…

Con los pies anclados

A mi rubia retama…

 

Pienso…

Va a contemplar de cerca,

Junto al zorro y a la vizcacha,

Ese petizo, morocho, petulante,

Y sin cabeza.

 

Siento mi carne,

Atravesada por la mirada

Convocante,

De un ojo malévolo

Que no veo y espeluzna.

 

Busco con afán desesperado

Ese temblor lila

Con que el lucero del alba

Adorna la alborada…

 

Ya no temo,

Pues en el cielo,

Un niño hermosamente rubio…

Me protege.

 

Lo pienso sin nombrarlo,

Porque al hacerlo,

Ruedan esparcidas

Como gotas de lluvia,

Las cuentas de purísimo nácar

De ese rosario azul,

Convertido en lágrimas.

 

Ha llegado el día,

Y estoy aquí

Salvado…

 

Sólo siento haber perdido,

Mi zaino oscuro,

Entrañable marchador peruano.

 

 

 

RESPUESTA A NICOLÁS

 

A NICOLÁS

 

 

Corazón palpitante y estremecido,

Sensible luz de los sentimientos,

Descubro en ti poesía y alimento,

De mi alma sedienta y estremecida.

 

Cual Lucanor, a su hijo, aconsejarte…

Es un creciente río inundando el pecho,

Evocando de mi padre palabras y hechos,

Contesto a tu poema sin abrumarte.

 

HONOR, DIGNIDAD, majestades de la vida,

Fueron y serán el escudo eterno

De tu devenir noble y sempiterno

De genéticas ancestrales ya vividas.

 

Busca con afán la entelequia del alma,

En cosas simples que maravillan esta vida,

Te alumbraré hijo, sin emociones reprimidas

Cabalgando cual potro al lucero del alba.

 

Cuando encuentres el amor, al entregarte

Con mansedumbre y sin claudicaciones,

Observaré colmándote de bendiciones

Desde el azul arcano, sin poder besarte.

 

 

 

REGRESO A TI

 

 

Veo la estrella de la tarde

Temblando estrellas silenciosas,

Lejos de ti

Arden mis labios

Tus besos que inventan el amor,

Y escucho el triunfal torrente

De tu risa ronca

Mientras reposa tu mano sobre la mía.

 

Voy a escuchar

En las tardes sin puerto

Tu risa de pétalos felices, cuando hilos de luna

Van amarrando

Tu corazón al mío.

 

Escucho los silenciosos biseles

Del aire,

Sobre tu piel ansiosa,

Como el eco de antiguas lluvias

Deshojándose

En los ocredales del otoño.

 

Mis manos en la ausencia

Te dibujan los transparentes vestidos

Del amor

Que van cayendo

Como corolas encendidas,

Desvaneciéndose a tus pies.

 

Se escuchan músicas lejanas,

 

 

En esta húmeda e infinita madrugada,

Que van conmoviendo de placeres

La celestial epifanía

De tus caderas,

Y desde mis ojos,

Que son el hogar de las cosas cotidianas,

Voy regresando a ti…

Y desde mis labios que te nombran,

Voy construyendo

El hogar sublime

de las palabras dichosas.

 

Estoy ante tu puerta,

Trepidante…

Regresando eufórico

De versos y de amor.

 

 

 

OTOÑO

 

Soneto

Acuarela – José de Guardia de Ponté - 2003

 

Conturbado el firmamento de ilusiones

Que bordaba un mundo mágico en mis sueños,

Juveniles primaveras fueron alma de su dueño,

En tránsito fugaz, aun invierno de pasiones.

 

Es vivir, a veces, lancinante herida,

De pulposos y amenazantes labios bermejos,

Purgatorio que acrisola virtudes y consejos,

Preanuncio Feliz de su aurora consentida.

 

He vivido intensamente las armonías primeras

Que cimentaron las estructuras de mi impronta,

Universo feliz de mi infancia y la quimera

Del Amor, la Mujer, bella matriz de la simiente

Cuajada de nardos azules los retoños. Escolta

Bulliciosa y magistral, de un Otoño, que se siente.

 

 

 

1er Premio Provincial organizado por la AOS para escritores del medio

 

 

MI SOLEDAD

 

Acuarela – José de Guardia de Ponté

 

 

¿Quién eres, niña de miel, quién eres,

Que tienes los ojos abiertos al asombro

Del amor y la osadía?

 

¿Qué soles encendieron el trigo de tu piel,

Y qué lunas inventaron tu deseo

Que deshoja mi espera

De vértigos latentes?

 

Desde lejos presiento tu sangre,

Corriendo por mi alcoba,

Que inquieta mi sosiego,

Burilado de hastíos y costumbres.

 

La luna va buscando con sus dedos encendidos,

Acariciar la crispación de tus caderas,

Desmintiendo así tu indiferencia,

Que estremece de gozo mi espera alucinada.

 

Quiero caminar contigo, sencillamente,

Desvanecer mi soledad

En el misterio del eclipse

O en el murmullo insondable de la arena.

 

Quiero acariciar tus montes ignorados,

En las rutas del amor

Que acunan las tardes muermas,

Y fosforecidos con embozos de luna,

Van bordando de luciérnagas

El cauce d tus ríos.

 

Te veo como un eco que regresa,

 

 

Mientras mis manos te persiguen

Y mi soledad acristalada de silencios,

Se conmueve ante tu desnudez,

De brazos y piernas que,

Abriéndose, me esclavizan.

La tarde se aquieta, en los umbrales del silencio,

Cobijando el murmullo de los pájaros nocturnos,

Y mis labios que te nombran

Esperan la señal de tus caricias,

Mientras la noche te conduce,

Indeteniblemente,

Hasta mi amor que se derrama

En tus caderas.

 

Estaremos juntos, en horizontes

De eternidad,

Y al abrir mis manos contraídas,

Dejaré escapar las aves negras

Que engarfían

 

MI SOLEDAD

 

 

 

 

 

LA TABEADA

 

Lujuria de Acuario

Sonrojando la piel del estío…

El sol derramaba un río ardiente

De calores

Que penetraban la entraña misteriosa

De la tierra

Madurando las uvas

Y acariciando el pie rugoso

De los chañares,

Que endulzaban el aire

Con su ropaje de verano.

 

La casa campesina

Y Domingo Flores, desvaneciendo eneros,

En Lampacito,

Dibujaban su perfil blanco

 y humilde

en el azuloso lomo

de un horizonte lejano,

hueco de silencios…

desprovisto de tiempos…

 

Veo con los ojos de la infancia

La pupila celestre de aquel momento…

Un patio de caballos

Poblado de relinchos

Ejercitando sonoromente 

El sereno equilibrio

De córneas y de tímpanos.

 

 

Huelo…hasta la insistencia

El vaho amarillo y espumoso

De la urgencia carnal de la caballada

Que temblorosa…

Reniega de caronas y de aperos.

 

Los perros flacos y amistosos,

Sabedores de la furia ciega

De los toros, descansan

Como palomas dormidas

 En el regazo gredoso y maternal

De la Pachamama.

 

El aroma de la carne

Como una cascada de sabores,

Penetra estrepitosamente la entraña

Del hombre,

Mientras bebe agua esa tierra

Seca, que será la cancha.

 

Enmudecen las voces del gentí