El
sabio aprende más del necio que el
necio del sabio. El Maestro aprende más de sus
discípulos que estos de su Maestro.
Aristóteles
La vida del ser humano tiene su nacimiento cuando un espermatozoide resulta ganador en una carrera de millones de competidores. La meta ansiada es encontrar y fecundar un óvulo, uniéndose al mismo de una manera tan íntima que ambos pierden su individualidad y juntos reciben como premio la vida, formando una nueva persona humana única e irrepetible. Desde ese instante, la persona posee el derecho de nacer y los otros que las leyes divinas, naturales y las escritas por los hombres le reconocen, aunque aún esté en el seno materno. Esa persona no decide por sí misma la continuación de su vida, sino que esa decisión es la mayor obligación y responsabilidad que asumieron los dos padres, al crear, en forma conciente o no, una nueva persona humana y deberán rendir cuentas cuando el Hacedor del Mundo les pregunte “¿dónde están los hijos que te di?”.
Cumplido el período de gestación, la persona nacerá y crecerá bajo la protección de sus padres, quienes tienen la obligación moral y social de infundir en el nuevo ser las virtudes y valores que ellos poseen, y que han adquirido por los usos y las costumbres. Por desgracia, junto a esas virtudes y valores, los padres acompañan, con mayor frecuencia de lo deseable, los vicios personales y sociales.
Lo que hemos aprendido en el hogar como primera escuela de vida es aquello que se refleja en un sabio dicho de la lengua española: “Lo que Natura no da, Salamanca no presta”.
Después de la niñez, la persona ya es responsable de elegir el camino que recorrerá en su vida, pero no debe hacerlo con plena libertad, sino conforme a las normas morales y a las dictadas por los hombres para convivir en sociedad. Se trata de una decisión personal guiada, custodiada y promovida por los padres, que son responsables primarios y luego corresponsables hasta la mayoría de edad o la emancipación
Las decisiones más difíciles se deben tomar analizando las capacidades propias y dejándose guiar por la conciencia, asistida por la chispa que la alumbra, que tiene su morada en la virtud de la prudencia, y que los filósofos denominaron sindéresis. Es la misma que la Biblia, en el Libro de Tobías, nos muestra como el amigo y consejero que Dios pone en cada uno de los mortales.
El hombre es libre de elegir el camino para transitar el mundo, pero es conveniente que sea guiado por sus padres y por la sociedad. Lo que para el niño es un derecho, para los padres, para los gobernantes y para la sociedad toda es una obligación de solidaridad.
Existe siempre la tentación de emprender el camino fácil, que normalmente desemboca en la ruta del vicio. Al contrario, si tomamos el camino del trabajo, el estudio y el servicio, caminaremos por la ruta del amor y de las virtudes, que conducen a la realización de la persona.
Una de las más importantes decisiones se toma al responder a la pregunta “y ahora, ¿qué hago?” Estudiar o trabajar, o ambas cosas a la vez. A veces, antes de tener esto decidido, respondemos a nuestra naturaleza y al consejo divino “no es bueno que el hombre esté solo”, y buscamos una pareja (¿estable o inestable?). Por supuesto, esta determinación es una responsabilidad que nace de un amoroso acuerdo de voluntades, y no del instinto animal que mora en nosotros, tan aplaudido por los Medios de Deformación Moral (^).
Lo ideal es que cada ser humano, en la aventura de vivir, esté orientado hacia una meta y luche por alcanzarla, siendo el artífice de su propio destino.
Si no posee un ideal de vida estará sujeto a las circunstancias que le depare el destino, las cuales suelen llevar a elegir el camino más fácil, que en esta vida y en la eternidad resulta el peor. Nuestra conciencia, azuzada por nuestra ‘sindéresis’{+}, no nos dejará gozar la paz del espíritu si hemos errado el camino, y difícilmente alcanzaremos la felicidad.
Francisco de Quevedo en su libro Los sueños narra las opciones que tiene el hombre en el trascurso de su vida. En el sueño referido al Juicio Final nos dice que: “veía un mancebo que, andando por los aires, daba voz de aliento a una trompeta. A su metálico sonido despertaban los muertos y salían de sus sepulcros, para enfrentarse con dos caminos, y eran empujados por una fuerza invisible hacia el uno o hacia el otro: el primero era empinado, lleno de zarzas, espinas y piedras, y se avanzaba a tropezones; el segundo era suave, poblado de albergues, de árboles que daban sombra y de hospedajes para el descanso de los caminantes, había caballos y camellos para los más ricos. Ambos conducían al valle de Josafat donde tendrá lugar el juicio final, los que tomaron el camino empinado entrarán a la derecha del valle y los que arribaron por el camino fácil serán ubicados a la izquierda.” Pero los resucitados no elegían el camino, sino que lo emprendían empujados por guardianes que los guiaban conforme al comportamiento observado en su vida terrena. “El justo juicio de Dios dará a cada cual lo que corresponda según sus obras” (Rom 2- 16).
Miremos un poco el bosque
Pisemos nuevamente la tierra firme y tratemos de contemplar el bosque que nos rodea. Por un momento, dejen que tome el lugar que me corresponde: un viejo árbol rodeado de retoños, pero con el tronco roído por el paso de los años.
Luego de haber cumplido medio siglo en el ejercicio de la Docencia Universitaria, hace unos meses (no quiero recordar cuántos), recibí del Decanato de la Facultad donde presto mi servicio público, no un cordial saludo sino una Resolución que me informaba que, por haber cumplido 65 años de edad, debía dejar la Universidad, fijándome para mi retiro al frente de alumnos el mes de marzo de 2004.
No me llamó la atención, porque esa norma se encuentra dentro de muchos Estatutos Universitarios, que consideran que, frente al paso de los años, la experiencia, la dedicación a la función, y el haber llegado al más alto cargo docente mediante concursos de antecedentes y oposición, no valen nada. Se considera que a esa edad, “sesenta y cinco años”, el hombre se transforma en un viejo decrépito e incompetente y deja su condición de ser humano para seguir viviendo como un “descarte” de la sociedad, por lo tanto se lo debe privar de una las principales capacidades y obligaciones que Dios concedió gratuitamente a los hombres para que construyan el mundo: la de diferenciar el bien del mal, es decir, la libertad responsable para decidir un camino digno. Comprendo que he cometido el grave pecado social de llegar a cumplir 65 años y eso me hace indigno de seguir ocupando el cargo más elevado en la docencia, por ello se me castiga con la muerte civil. Se olvida en esos Estatutos que, para construir un mundo habitable, el Creador dejó a Adán y Eva solamente el don de aprender y de enseñar, que es distinción entre los hombres y los otros animales de la Creación.
Tampoco me extrañó que me lo comuniquen después de haber excedido en más de diez años ese límite, porque los cargos Directivos de la Universidad, después de la Intervención Militar, ocurrida casi en el momento del nacimiento de la misma, siempre fueron cubiertos por Docentes Universitarios que conocían y respetaban como tesoros a los viejos docentes y no querían perderlos por una cláusula “que niega la naturaleza humana”, salvo dos casos, fruto de pasiones personales: los del Dr. Oscar Oñativia y el Lic. Luis Oscar Colmenares, que al día siguiente de haber cumplido los 65 años, en lugar de un mensaje de salutación, recibieron del Decano de la Facultad de Humanidades la Resolución que daba por terminadas sus funciones. Salvo esos casos, siempre se trató de conservar el Patrimonio que representa un docente formado y con experiencia.
Esa cláusula de los Estatutos fue copiada de otros estatutos que responden a otras realidades. Constituyen normas dictadas por
hombres de poca estatura moral y de muchas ansias de hacer “carrera docente” llegando a cargos superiores por las ventanas que siempre abren los grupos que “detentan” el Poder, situación que los obliga a responder a los amiguismos y nepotismos que los colocaron en función de mando para obtener algún provecho. Muy rara vez ese provecho es el bienestar general.
Al igual que sucede con muchos políticos, faltó leer lo que nos enseñaba Alberdi: “Es posible, a veces, copiar sin inconveniente un código de comercio, o un código civil, porque contienen principios de derecho de aplicación universal; pero es raro poder copiar, sin incurrir en despropósitos, las reglas de administración de un país regido por una Constitución diferente a la nuestra, porque las reglas son inseparables del modo de ser peculiar del gobierno puestos en ejercicio por su intermedio” (1).
Esto también es válido para los planes de estudios y para la organización de las Universidades. Si tienen Autonomía Académica es para aplicarla conforme a las realidades de los pueblos a los que deben servir, no para copiar normas que no se adaptan a las estructuras sociales de la comunidad.
Comprendí en el acto la demora de mi colega, el Decano, con quien, por sobre todas las cosas, somos amigos y compañeros en la lucha que libramos por la creación y consolidación de la Institución Universidad en Provincia de Salta. Tuvo que haber firmado la Resolución con lágrimas en los ojos, y obligado por presiones personales de docentes que como cuervos revolotean sobre los docentes viejos, para apoderarse de los “puntos docentes” que significan créditos presupuestarios.
Es una constante la presión de la juventud que quiere escalar posiciones, muchas veces sin méritos propios. Esto afirma la poetisa salteña Emma Solá de Solá en un recordado poema: “esa juventud que pasa como un torrente, no se detiene ante los troncos venerables que con furia derriba”. Por otra parte, considero necesario el recambio generacional, no solo por el bienestar de la comunidad, sino porque los que llevamos “el testimonio” tenemos la obligación de entregarlo al compañero de equipo que debe continuar la ‘carrera de posta’ que es la tarea de enseñanza y aprendizaje. A eso nos hemos comprometido cuando, haciendo caso a nuestra vocación, abrazamos la docencia como un estilo y un estado de vida y no como una forma de ‘ganar el pan de cada día’.
Sería pecar de optimista suponer que quienes tienen la
obligación de decidir sobre la tercera edad hayan leído la Carta a los Ancianos
escrita en 1999 por su Santidad Juan Pablo II: ”Anciano también yo, sentí el
deseo de entablar un diálogo con
ustedes. Quería dirigirme a todo aquel que transcurriese sus días en medio de
las tribulaciones de la vejez. Queridos ancianos que se encuentran en precarias
condiciones por la salud o por otras causas, estoy cerca de ustedes afectuosamente. ¿Qué es la vejez?, se preguntaba
y respondía Cicerón: “De ella, a veces, se habla como del otoño de la vida”
Pero más que compararla con una estación decadente, él prefería definirla como el tiempo en que
“crece la sabiduría”. Es la época privilegiada de aquella sabiduría que, generalmente, es fruto de la
experiencia, porque el tiempo es un gran
maestro.
Es la sabiduría del cristiano que mantiene en su vejez “el espíritu joven mirando hacia lo eterno”. “Si la vida es un peregrinar hacia la patria celestial, la vejez es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia el umbral de la eternidad”{+}.
Para darme otra oportunidad, y como una muestra de la amistad que nos une, su bonhomía le hizo escudriñar, en la maraña de normas dictadas por los hombres para coartar los derechos y las libertades, la forma de postergar un año más mi retiro, y emitió una Resolución designándome como Profesor “visitante “ hasta el inicio del año lectivo 2005.
La realidad nos muestra que la sociedad mundial organizada otorgó los Premios Nobel de Ciencias generalmente a personas mayores de 65 años. Sin embargo, luego de analizar fríamente la situación, llego a comprender que el retiro de los viejos puede ser una medida beneficiosa para no interrumpir la carrera docente de los más jóvenes. Debemos tener en cuenta que no todos los hombres son iguales, y eso es así porque el Creador nos dio talentos distintos a cada uno, de los cuales debemos rendir cuentas. Existen pseudo - intelectuales que en la juventud ya piensan, actúan y viven como ancianos.
El primer motivo para enrarecer la armonía del bosque en el cual vivimos lo encontré en las situaciones económicas y financieras que nacieron como nace la maleza luego de las lluvias, impidiendo el crecimiento de los árboles. Los hombres olvidaron los principios que deben vivirse y legarse mediante la docencia. Dejaron de lado las Humanidades, que guían a la Política, nutrida de los valores de la Filosofía, de la Ética y de la Teología, que hacen a la esencia de un pueblo, porque le muestran a la comunidad toda que el bien común es un derecho legítimo, que se encuentra por encima de los intereses particulares de los que mandan.
Los Bancos que integran los Sistemas Financieros perdieron su fin de servicio a los hombres, y ahora dependen de «fondos de inversiones» cuyo único interés es el lucro por el lucro mismo, y las personas que los dirigen buscan el Poder por medio de la concentración del dinero. Ellos descubrieron que una persona que cumple 65 años se vuelve insolvente y constituye un riesgo cierto para los sistemas de seguros (que por lo general, respondiendo a su naturaleza de ‘tacaños y usureros’, siguen usando las tablas de estadísticas de probabilidades de vida que estuvieron de moda en la primera década del siglo XX). Los viejos son apenas materia prima del negocio de los geriátricos (por rara casualidad, muchos pertenecen a grupos financieros).
El fundamento para la existencia de estos “establecimientos benefactores” es el ojo financiero del dinero fácil y seguro. Algunos descubrieron que muchos ancianos llegan a poseer una jubilación, pensión o retiro que les permite subsistir. A ellos, y sobre todo a sus parientes, les ofrecen cuidados, alojamiento y una nueva vida en sociedad: una tercera edad color de rosa. (Según un e-mail recientemente recibido en idioma inglés, con Viagra incluido). Cuando aceptan, los mentores de estas residencias paradisíacas, pasan a convertirse en “apoderados” de los jubilados y pensionados, asegurándose así los cobros de las cuotas del geriátrico, mientras la salud de los ancianos sigue a cargo de las obras sociales. Estos ancianos forman un grupo dentro de la tercera edad. Pero quienes no accedieron a la jubilación o pensión, si no tienen familia o caen en el olvido familiar, son ocupantes de los bancos en las plazas y los NN que mueren de frío en una estación de ferrocarril, abandonada de trenes inexistentes, que viven solamente porque aún queda (pero no por mucho tiempo) una porción de “aire gratis” y gente caritativa.
Para la mayor parte de la sociedad los “viejos” son estorbos que deben arrinconarse en esos depósitos de muertos en vida. Poco importa que aún sean capaces de amar y de dar. Como una muestra de amor a los viejos sólo nos queda dedicamos a «ejercer el sagrado derecho malcriar nietos». Situación esta que molesta principalmente a las nueras, yernos y/o concubinas/nos, a quienes les duele que sus hijos compartan el cariño con alguien que, como ya fue exprimido por ellos, no tiene jugo para dar.
De este modo la sociedad los oculta a la vista de los turistas, que pasan siempre como visitantes, a veces de su propio terruño, disfrutando los paisajes de la Creación, pero sin compro-meterse con el mundo. Es común que los Gobiernos, para quedar bien frente a una comunidad impávida, y como un hito para figurar en la historia, dicten normas para proteger a la denominada tercera edad, las cuales muy pocas veces van más allá de letras huecas, que nacieron muertas y que privan a los hombres gozar del “ocio creativo”, descrito como patrimonio y derecho de la vejez por Fernando Savater en Los Diez Mandamientos en el siglo XXI.
El mundo actual se afianza en valores que tal vez no sean tales, sino sólo ‘engañapichangas’ (2). Si Dios nos ha concedido el privilegio de llegar a la tercera edad podemos gozar de nietos, de biznietos, de bienes morales y de una identidad que podremos legar a nuestros descendientes, pero no así de bienes materiales, porque ignoro si existió en el mundo algún docente que lograra hacerse rico de esos bienes con el ejercicio de la docencia. La riqueza de un docente no pasa por lo material. Ella se encuentra en que, a pesar de los años vividos y entregados a sus alumnos, siente correr por sus venas la sangre y el alma de la juventud de sus alumnos, “de los que lo son y de los que fueron antes”. En compañía de ellos sembró no solo ciencias, artes y técnicas, sino que entregó su vida y sus valores, para formar hombres que saben de ciencias, pero que poseen la “conciencia ética” que debe distinguir a quienes pasaron por las aulas de una Universidad. Por eso tenemos motivos para dar gracias a Dios.
Esto es lo que debe diferenciar a los docentes de alma de los hedonistas y enciclopedistas, que pasaron por una Universidad buscando lugares respetables dentro de ella, pero sin darle nunca la vida. Estos no llegaron a adquirir la “naturaleza de estudiantes”, que se manifiesta en la capacidad de amar y de buscar la excelencia en la prestación docente. Esa es la diferencia entre los docentes y aquellos que sólo son “instrumentos de apoyo” cuya función es únicamente transmitir información para crear entes titulados “recursos humanos” que sean fácilmente reemplazables por una máquina y que posean la ética de un ‘disket’, que recibe todo lo que en él se quiera grabar; total, frente a cualquier problema, la civilización política ya encontró en la obediencia debida a los avances de la moda la panacea que justifica todos los errores de acción y de omisión.
El problema fundamental se encuentra en la desaparición drástica de la familia y su concepto de núcleo integrador de la sociedad. Se ha dado prioridad al utilitarismo por sobre el humanismo. Los Gobiernos proclaman “Derechos de la Ancianidad, de la Juventud y de la Niñez” que solo sirven como frases de estilo y relleno en Constituciones y Tratados Internacionales. Al final, como muchas normas dictadas por los hombres, que se encuentran al margen de las leyes naturales o no son redituables en votos o en dinero fácil, son apenas expresiones de deseo de los trasnochados políticos de café.
Dentro de mí siento el dolor de saberme prescindible, pero también late en mi corazón la satisfacción de saber que mi devaluación administrativa fue por el tiempo vivido, y no por la obsolescencia de mis conocimientos, ni por la incapacidad de prestar el servicio con la calidad que merece la docencia. Debo aceptar la situación, pero creo que me asiste no solo el derecho sino la obligación de contar a la sociedad cómo cumplí mi mandato social de educar.
Eso es lo que pretende este escrito: rendir cuentas del mandato recibido. Me parece que la mejor manera es referirme al medio siglo de Docencia Universitaria que tuve la suerte y la responsabilidad de vivir.
El rumbo de mi vida
Desde mi juventud he sentido la mirada de Dios y he escuchado que sonriente ha pronunciado mi nombre diciéndome: “Ven, sígueme, te haré formador de hombres”. Yo fui, lo seguí y lo seguiré en esta vida hasta el día en que Él disponga que lo alcance en la otra. Allí daré la rendición de cuentas del mandato que me confirió, conforme a los talentos y oportunidades que me brindó. Él me juzgará y dispondrá mi eterno destino, colocando un sello imborrable que dirá “ES JUSTICIA”.
De niño decía que “cuando sea grande seré maestro”, aunque no sabría distinguir entre una vocación y un simple deseo.
Los primeros grados los hice en una escuela de la Provincia de Jujuy. Era una escuela mixta, pero los grados para chicas y chicos estaban separados, y había patios diferentes, con la prohibición de cruzarnos sin permiso previo. Los únicos espacios comunes eran el Salón de Actos y la Sala de Canto. De esta última me echaron por ‘desentonado y desorejado’, junto con una media docena de compañeros. Para que no molestemos en esa hora, la señorita Aída, que en un comienzo pretendió enseñarnos “solfeo”, al no conseguir inculcarnos nada, la pobrecita nos dio una pelota de trapo y nos mandó a un baldío cerrado en el fondo de la escuela, que se encontraba reservado para la ampliación del establecimiento.
Por razones familiares, luego de la muerte de mi padre, mi familia volvió a la ciudad de Salta, de donde es originaria desde hace más de un siglo. Me inscribieron junto con mis hermanas en la Escuela Normal, donde se formaban los maestros. Como correspondía, fui inscripto directamente en el cuarto grado del viejo sistema escolar.
A ese grado los varones y las chicas llegábamos en la dulce etapa de la vida en la que los varones queremos apurarnos en dejar la niñez para irrumpir con fuerzas en la adolescencia, y las niñas quieren dejar de ser nenas para convertirse en las flores que se abren a la juventud, empezando a soñar con el amor. Con las armas con las que las dotó su feminidad, comienzan a volvernos locos.
Era la primera vez en mi vida que me encontraba en un aula mixta. En los primeros meses, mirando en derredor, descubrí alarmado que no me gustaba determinada compañerita, sino que me gustaban todas. Éramos cinco varones entre más de treinta niñas, y uno solo de nosotros había tenido la suerte de compartir el banco con una de ellas. Rápidamente llegué a la conclusión de que habría competencia, pero no solo entre nosotros, que enseguida nos pusimos de acuerdo y marcamos nuestro territorio, repartiéndolas equitativamente. La competencia también era inversa: nosotros mismos éramos trofeos en la disputa de nuestras compañeras.
El compartir a diario el aula, los recreos y las actividades de canto y educación física generaba peleas internas más entre ellas, que entre nosotros. (Tiempo después, ya en la Universidad, cuando estudié en Economía la problemática de la oferta y la demanda comprendí que el comportamiento de mis ex compañeras era lógico: la demanda de 35 chicas superaba a la oferta de 5 muchachos.)
Sin embargo, un día, como para demostrar a toda la Escuela que nuestras compañeras eran consideradas por nosotros una posesión propia, nacida del derecho de vecindad, junto con mi compañero Carlos, que por el tamaño y el peso pintaba para futuro patotero, a la salida le pegamos una flor de paliza a un alumno de quinto que había puesto los ojos en ‘la Grapita’, la más linda de nuestras compañeras. (Hasta hace una década, cuando la vi por última vez, seguía siendo la rubiecita que acaparaba nuestros amores, y aún posee ese garbo que puede merecer los suspiros de los galanes maduros y los galanteos de los viejos verdes.)
Esa salvaje agresión llegó a conocimiento de las maestras de ambos grados y, como resultado, produjo un reto al dúo por un trío (dos maestras y una celadora), y sumar quince amonestaciones. Como poseía ya unas cuantas por otros motivos, no me dolieron mucho (aunque cuando en casa se enteraron por la comunicación de la escuela, además de las reprimendas del caso quedé privado de concurrir al cine, a la función de matinée de los domingos). Al poco tiempo, por una broma a una compañera en clase (2) recibí diez amonestaciones más, y con esas me excedí con holgura del límite que permitía el reglamento. El caso se trató en la Dirección, en reunión de maestras, y no hubo reincorporación. Como estábamos en octubre tuve que perder el año.
Al siguiente, como un castigo más, me quisieron inscribir en un establecimiento educacional exclusivo para varones, pero allí no aceptaban a los repitentes. Por eso tuve que cursar nuevamente cuarto grado y terminar mi instrucción primaria en la Escuela Provincial “Presidente Roca”, donde las aulas y patios de chicos y chicas estaban separados.
Al terminar la primaria rendí y aprobé el examen de ingreso a primer año en el Colegio Salesiano “Ángel Zerda”.
Para los que llegaban como yo, de otros establecimientos, existía una regla de cumplimiento efectivo: “estudias y te portas bien, o te hacemos bolsa a ‘cocachos’ (*) y soplamocos”. Se trataba de aceptar la disciplina o sucumbir en el intento. Había dos primeros, de aproximadamente 40 alumnos cada uno. En el “A” estaban los internos y en el “B” los externos. De los ochenta alumnos que iniciamos, luego de cinco años, llegamos quince a integrar la Tercera Promoción de Peritos Mercantiles.
Egresé del secundario agradecido a los Salesianos por el trabajo que se tomaron de encarrilarme por una senda que me permitiera enfrentar la vida con responsabilidad. Fue una labor ardua pero no exenta de amor.
En esos tiempos la Patria nos “regalaba” a los varones de 20 años casa, comida y ropa... durante el año de servicio militar. Digamos que era un regalo obligatorio, salvo impedimentos físicos o los clásicos acomodos. Vestí a esa edad el uniforme de soldado y cumplí con mi deber de ciudadano en un Centro de Formación de Aspirantes a Oficiales de la Reserva del arma de Artillería, egresando con el grado de Subteniente de Reserva. (3)
Luego de esto, comenzar los estudios universitarios era una misión dura y especial, porque en Salta no existía legalmente la institución Universidad.
La Universidad, como Casa de Estudios Superiores, en ningún lugar del mundo nació por generación espontánea o por el “hágase” de un Poder Político. Siempre el nacimiento fue un “parto” de la sociedad, que quería alumbrar a los hombres en el camino de los conocimientos científicos, artísticos y técnicos. La concreción de la Universidad en Salta merece ser tratada por separado en un escrito específico, porque significó hacer realidad un anhelo de todo el pueblo salteño.
Por esos designios de quienes organizaban los estudios secundarios y universitarios, los peritos mercantiles y los bachilleres comerciales, solo podíamos seguir una carrera universitaria en Ciencias Económicas. Si pretendíamos otra orientación profesional debíamos rendir las equivalencias impuestas para aquellos títulos del secundario que no eran de bachilleres.
Partí pues a estudiar la carrera de Contador Público. La Universidad Nacional del Litoral (actualmente Universidad de Rosario) me abrió las puertas de su Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas, ubicada en lo que era la segunda ciudad argentina, en la Provincia de Santa Fe.
Formando parte del nutrido grupo de salteños que debían dejar sus hogares para continuar los estudios, emprendí el viaje.
Esta partida constituía una aventura, reservada casi en exclusiva para los varones. Las pocas mujeres que lo hacían no solo debían tener una fuerte vocación, sino una familia donde alojarse, o garantizarse un buen pensionado.
Nuestras sufridas “simpatías”, “filitos”, “más que amigas” o cualquier otra aspirante a la denominación de “novia”(4), quedaban a la espera de nuestro regreso, con las angustias propias de la edad y de la espera. Ellas habían acuñado, en un lenguaje pletórico de fantasías juveniles, varias categorías para clasificarnos. Así estaban los muertos en combate, heridos o mutilados de guerra y los sobrevivientes.
Los “muertos
en combate” eran aquellos que habían sido cazados (primero con “zeta” y luego
con “ese”) por una lugareña, y ya no
regresaban a vivir a Salta.
El grupo de los heridos o mutilados de guerra estaba formado por aquellos que habían claudicado frente a una rosarina o compañerita de otros lugares, o a una vecinita del barrio, que al regreso era exhibida junto con el Diploma, como un trofeo de guerra. Estos muchachos tal vez habían traicionado su palabra y se encontraban mutilados en lo fundamental del ser humano: su libertad.
Por último,
existía el grupo anómalo de los sobrevivientes, integrado por los más feos, los
más lelos y los más vivos, que habían sabido escapar de las flechas
que Cupido provee certeramente a
las “Dianas”(5) que había en los
destinos de estudio. También estaban, por supuesto, los fieles a la palabra
empeñada a la novia ausente (éstos últimos constituían las pocas excepciones que confirmaban la
regla, y muchas veces existían solo
en las rosadas mentes
femeninas).
Al momento de partir a Rosario, tenía resuelto el problema del alojamiento, porque cuatro de mis compañeros de Colegio tenían alquilado un departamento, y uno de ellos lo dejaría porque ese año debía cumplir con el servicio militar.
Dentro de mí pensaba si la elección de seguir una carrera ligada con las Ciencias Económicas era de verdad mi vocación o la única salida que teníamos los Peritos Mercantiles y los Bachilleres Comerciales. Esta última fue mi conclusión.
Llegado a destino, cuando me vestía para ir por primera vez a la Facultad, encontré en un bolsillo del traje un sobre con una carta de mi madre que decía:
“Hijo mío, mientras duermes te escribo estas líneas porque a lo
mejor no pueda decírtelas de palabra, ya sea porque no haya tiempo o porque cuando quiero hablarte la emoción me
domina, y al fin no digo nada.
Querido hijo, te vas y quién sabe cuando te veré de nuevo, pero
estaré siempre a tu lado con mi pensamiento, rogando a Dios que te dé mucha
fuerza de voluntad para llegar adonde deseas. No te desanimes y trata siempre
de superarte, que Dios bendecirá tus obras. No contraigas vicios ni deudas, que
llevan a los hombres a la ruina. Seguramente encontraras nuevos amigos y amigas
, a ellas trátalas como si fueran tus hermanas, recuerda siempre que tu madre y
tus hermanas también son mujeres.
No seas orgulloso y cuando tengas algún apuro escríbele a Edgardo.
Aunque todos tus hermanos son buenos y te quieren, los otros están llenos de
obligaciones y no podrían ayudarte. Ojalá no tengas contratiempos de ninguna clase y te conserves siempre
sano para poder seguir siempre adelante.
Demás
está decirte que
te extrañaré mucho y me costará trabajo acostumbrarme a no
verte todos los días
Que Dios te bendiga hijo mío, como te bendigo
yo.
Tu madre que tanto te quiere”
La Universidad
Aceptada mi inscripción como alumno regular concurrí a mi primera clase. Entramos, nos sentamos (los que pudimos hacerlo por haber llegado temprano, otros se quedaron de pie), y luego de una corta espera se hizo presente un señor correctamente vestido, que tomó asiento tras el pequeño escritorio, y comenzó a explicarnos a grandes rasgos el contenido de la materia que estaría a su cargo.
Quizás algún otro, al igual que yo, se haya preguntado quién era ese señor, porque no hubo ninguna presentación, ni saludo de bienvenida. Yo esperaba algo similar a la primaria, donde la señorita maestra se presentaba diciéndonos el nombre y apellido, o al secundario, donde un preceptor nos recibía, nos daba algunas instrucciones, y luego nos presentaba al profesor. Nada de eso ocurrió: entramos directamente al primer tema de un programa que estudios que había comprado con anterioridad pero que aún no había leído.
Este choque me indicó que en la Universidad tenía que arreglarme solo, que debía asumir mi obligación con responsabilidad exclusiva. Cometí el error inicial que comenten la mayoría de los “aspirantes” a estudiantes universitarios: buscar un Plan de Estudios y todos los programas disponibles y soñar con el tiempo en el cual podría recibirme.
Inicialmente el alumno ignora cosas fundamentales, como por ejemplo que la división en cuatrimestres, semestres y años se hacen solo para programar el dictado de las asignaturas. Depende del empeño del estudiante cursarla en ese tiempo, en menos o en más. La duración de una carrera surge de la capacidad intelectual, de la dedicación y de la actitud que asuma frente los distintos problemas que puedan presentarse. El tiempo que cada uno necesita para que la Universidad le certifique un nivel de conocimiento mínimo para ejercer una profesión varía normalmente de acuerdo a cada alumno. Los años y ciclos de duración de una carrera son una organización administrativa - docente, una media establecida, pero no una escolaridad como la secundaria y la primaria. Aquí cada uno, contemplando el régimen de correlatividades, hace su propio plan de cursado y de exámenes.
Es importante pensar que la tarea de estudiar no se acaba al concluir la universidad. Por eso, quien estudia solamente para aprobar una materia está condenado a ser un profesional fracasado, porque sus conocimientos, al momento de aplicarlos a un problema concreto, se encuentran ya obsoletos. Comenzamos a aprender desde el vientre materno, porque nuestra naturaleza humana nos obliga al aprendizaje continuo.
En la vida que común que hacíamos en nuestro departamento de estudiantes, poseíamos un reglamento, que comprendía desde las tareas domésticas y el estudio, hasta el comportamiento dentro y fuera de la casa. Era una obligación cumplirlo, porque si no lo hacíamos había sanciones previstas que podían llegar hasta despedirnos de la casa.
Formábamos una familia: en la administración del hogar y en los trabajos internos participábamos todos. Había que limpiar, no solo nuestros dormitorios sino los espacios comunes, y efectuar las compras diarias, cocinar y administrar por rigurosos turnos los gastos de la casa. Tuvimos que aprender a pensar no solo en resolver las necesidades individuales, sino también las comunitarias.
Los horarios y tareas se cumplían conforme al reglamento, sobre todo en lo referente al estudio. Recuerdo que uno de mis compañeros, al preparar una materia para rendir, se encerraba en el dormitorio a estudiar y, para obligarse a esa tarea, tiraba la llave por la ventana. Nuestra ayuda consistía en no abrirle hasta la hora prevista, por más que suplicara. (Para sus necesidades fisiológicas contaba con un tarro vacío de cinco litros, que nunca pudo llenar en una jornada de estudio, y una jarra con agua.)
Como mis compañeros de casa se encontraban inscriptos en un Ateneo Estudiantil, me registré también. Aparte de participar en actividades culturales, deportivas y sociales, preparábamos alumnos del secundario que debían rendir materias, sobre todo matemática, contabilidad e inglés. Como yo había trabajado llevando Libros de contabilidad desde el secundario, al poco tiempo ya tenía alumnos que preparaba en esa materia.
h El primer examen:
Normalmente siempre recordaremos nuestro debut frente a un tribunal examinador en la Universidad, igual que recordaremos la experiencia del primer aplazo y del último examen.
Para el primer examen había estudiado a conciencia, siguiendo la bibliografía y asistiendo a la mayor cantidad de clases posible, poniendo énfasis en aquellas que tenían el carácter de trabajos prácticos.
Siguiendo un sistema que llegamos a usar con frecuencia, el día anterior al examen los compañeros de casa me sometieron a una sesión de preguntas, y a la tarde, haciendo un “bolsillo”, me mandaron al Cine, para que me relajara.
Durante el secundario había rendido en forma oral muy pocas veces, y para mis adentros lamentaba ese sistema. En algunos establecimientos, las materias que se consideraban fundamentales debían aprobarse mediante examen final. En ese sentido, recuerdo a mi querido profesor de Contabilidad, don Pedro A. Courtade, que para nuestro bien solamente eximía a un alumno por curso y por año; a los otros los distribuía, de acuerdo a sus capacidades, entre Diciembre y Marzo.
Contabilidad de primer año fue la asignatura elegida para debutar frente la Mesa Examinadora, que estaba compuesta por tres docentes titulares. Estuve completamente tranquilo, me expresé con tal seguridad y en un lenguaje tan depurado que yo mismo me asombré. Luego de la exposición, interrumpida por algunas preguntas bien respondidas, me dijeron “suficiente” y aprobé con buena nota.
Experimenté una sensación similar a la del corredor en una carrera de vallas: cuando pasa una tiene conciencia de que aún le faltan muchas.
h El primer aplazo:
En mi libro Ocio Intelectual expresé: “existe una vacuna para el sarampión, pero a pesar de ella los chicos siguen enfermándose, por ello es considerada una enfermedad propia de la niñez”. Al primer enamoramiento estudiantil lo llamamos el “sarampión de los estudiantes”, porque a pesar de los consejos recibidos pocos se salvan de contraerlo.
A todos los estudiantes, una mala nota nos produce frustración y amargura. Cuando recibí el primer aplazo, además de eso, tuve sensación de culpa, y me propuse no reincidir en un sistema de estudio que no había sido efectivo y que paso a relatar.
En la primera clase de la comisión de prácticos de Contabilidad reparé en ella: la vi distinta y comencé a tratarla, buscando no solo su compañía sino su amistad. Se llamaba Mirtha. Al cabo de un par de meses, ya éramos algo más que amigos: la acompañaba a tomar el tranvía y participábamos de las reuniones bailables que se efectuaban en el Ateneo. Había contraído el “sarampión de los estudiantes”. Al respecto, un distinguido profesor de Filosofía decía: “aquel profesional que no ha gustado del amor de una compañera de estudios ni del dolor de un aplazo, no ha vivido su vida estudiantil”.
Algo similar le ocurría a Pedrito, estudiante natural de Santiago del Estero, con Emma, compañera de Mirtha.
Emma y Pedrito nos propusieron que estudiáramos en grupo para preparar Economía I y rendirla en el turno de noviembre -diciembre. Aceptamos, y convinimos que los lunes, miércoles y viernes estudiaríamos en casa de Emma, y los martes, jueves y sábados en casa de Mirtha. El primer sábado se presentó el primer inconveniente: era una hermosa tarde de sol. La casa de los padres de Mirtha estaba cerca del Club de Regatas, en la ribera del río Paraná, y ambas chicas eran socias. Suspendimos el estudio y fuimos al Club. Remamos, nos bañamos en el Río y luego bailamos un rato en la confitería. No hubiera sido malo si hubiese ocurrido un solo sábado, pero se hizo una costumbre tomar el té en el Club y quedarnos allí hasta el anochecer. (Llevábamos de paseo o para que tomaran aire, a los libros y apuntes.)
Ocurrió que la fecha del llamado de noviembre nos sorprendió sin tener los conceptos bien sazonados. Hicimos un somero repaso y concluimos que estábamos en condiciones de rendir y aprobar... pero ¡qué bien nos vendría una postergación de unos tres o cuatro días! Dios no escuchó nuestro pedido de auxilio, el profesor no se enfermó ni una semana ni un par de días, y no pudimos redondear mejor los temas.
Rendimos los cuatro. Como corresponde, las damas iban primero. Yo cerraba el cuarteto. Luego del examen, en el Acta, al lado de nuestros nombres figuraba el premio a nuestro esfuerzo: un aplazo para cada uno.
Nunca nos pusimos de acuerdo con Mirtha. Para ella, yo era y aún soy el culpable del primer aplazo en su carrera. Para mí, la culpable de mi primer traspié es ella. Pedrito, para consolarnos y consolarse, sostenía que la culpa la tenían los sábados en el Club, pero afirmaba que ese no era tiempo perdido sino ganado, y que gustoso repetiría la experiencia.
Ahora, pasados ya varios lustros y recordando los detalles que llamaban mi atención en Mirtha, llego a la conclusión que Adam Smith no hubiera tenido la concentración suficiente para escribir “Consideraciones sobre la naturaleza y las causas de las riquezas de las naciones”, ni Isaac Newton hubiese podido desarrollar el binomio que tanto trabajo dio y sigue dando a los estudiantes, si hubieran tenido al lado una compañía del porte de Mirtha. Disfrutar de su presencia era mucho más placentero y humano que divagar sobre las teorías de la formación de precios y que jugar con números y letras.
Al final estoy convencido de que el nuestro no fue un estudio en grupo, sino un estudio de grupo (de mentiritas). No les dimos ni a las chicas ni a la asignatura el trato que merecían.
h Un compromiso de vida
Dios escribe derecho en renglones torcidos. Me encontraba en Rosario, en un mes de febrero, acompañado únicamente por Duilio Lucardi, un compañero de promoción del colegio, apodado “el gringo”. Si bien la casa la ocupábamos seis estudiantes, los otros cuatro habían viajado a Salta para gozar de las vacaciones anuales. Nosotros nos habíamos quedado porque teníamos que rendir una materia de las consideradas bravas, tanto por el contenido como por los profesores que integraban la mesa examinadora.
Por esos días, un Sacerdote Salesiano, el Padre Emilio Norry, que había sido director del colegio en Salta y que nos guiaba para que en la vida estudiantil no perdiéramos el rumbo, nos comunicó que iría a cenar con nosotros, acompañado por el señor Arzobispo de Salta, y esperaba que, como siempre, demostrásemos nuestras habilidades preparando el tradicional asado acompañado con las clásicas empanadas salteñas, que habíamos aprendido a hacer en nuestras casas maternas.
El Arzobispo, Monseñor Roberto José Tavella, fue nuestro profesor en quinto año, dictándonos clases de “Doctrina Social de la Iglesia”. Para nosotros no era solo nuestro Obispo y ex profesor, sino un amigo respetado al que admirábamos.
En esa cena nos contó que volvía de su visita a Roma y que crearía la Universidad Católica de Salta, con el consentimiento de la Santa Sede. También nos dijo que se había contactado con el Superior de los Padres Jesuitas y que ellos se harían cargo de la misma. Solo esperaba para ponerla en marcha la sanción de una Ley Nacional para las Universidades Privadas cuyo proyecto ya estaba en el Congreso Nacional. Nos habló de la necesidad del ‘Instituto Universidad’ en Salta, sin diferencias. Él concebía la Institución Universidad como formadora de personas; que esta fuera Estatal, Provincial y/o Privada no era lo fundamental, lo importante era ayudar a la formación integral del hombre, en su mente y en su espíritu, para lograr ciudadanos útiles al progreso constante de la sociedad.
A pedido de Monseñor, tanto Duilio como yo nos compro-metimos a luchar por la causa universitaria en Salta una vez recibidos. Duilio cumplió su promesa hasta el día en que entregó su alma al Señor, cuando en la tierra ocupaba el cargo de Director del Departamento de Ciencias Económicas, precursor de la Universidad Nacional de Salta. Yo espero haberlo cumplido, tanto en la Universidad Católica como en la Nacional y aguardo, confiando en la Bondad de Dios, el veredicto Divino al final de mis días.
Recuerdo que Monseñor, antes de despedirse, con el tono paternal que lo caracterizaba nos interrogó sobre las identidades de nuestras novias en Salta. Le mostramos fotos de ellas. “ Conozco a la familia de Pocha y también a Elda, que cursó en el colegio Santa Rosa; cuando llegue el momento, quiero casarlos en mi Capilla Privada”.(6)
h La última materia.
Debía rendir la última materia de mi carrera. Como les sucedía a muchos compañeros, se trataba de Matemáticas III, la asignatura “cuco” de la carrera, a la que siempre le esquivamos el bulto dejándola para más adelante, aunque fatalmente también llega.
Dios tampoco escuchó las súplicas que seguramente le hacíamos muchos alumnos: “que cambien el contenido de la materia, que se muera, o quede sin trabajo el profesor”. El miedo por lo general se repartía en un 50 % para cada concepto: el contenido de la asignatura y la fama del profesor que la dictaba. Jugando con el nombre del docente, generaciones anteriores a la mía ya lo habían bautizado con el apodo de “puente roto”.
“Farruco”, un condiscípulo natural de nuestra Madre Patria, radicado desde niño en Salta, poseía ese apodo con la definición exacta que le otorga en Diccionario de la Real Academia. Había concurrido al mismo colegio que yo, pero en una promoción posterior. Quería rendir esa materia y buscaba un compañero para prepararla. Con él teníamos (y aún tenemos) un profundo conocimiento mutuo que fructificó en cálida amistad.
“Farruco” tenía un “festejo” (todavía no habían llegado al estado de novios) con María, una “galleguita” con la que se conocieron en el Centro Gallego de Rosario. La chica era estudiante bastante avanzada de Ingeniería, tenía una sólida formación en matemáticas, y había prometido ayudarnos.
Si la moda femenina hubiese mantenido las polleras hasta el suelo, María sería una beldad, pero con la moda actual quedaban a la vista sus piernas arqueadas. De malditos, los muchachos la habíamos apodamos “la chueca”.
Con Mirtha nos habíamos impuesto un lapso de espera, seguíamos siendo nada más que amigos. Ella se había recibido antes que yo. A esta altura de la vida yo estaba de novio con mi actual y única esposa, motivo por el cual evitaba encontrarme con Mirtha, porque me había propuesto ser fiel. Albergaba la certeza de que mi corazón tenía, y creo que aún tiene, la capacidad suficiente para cobijar un pensionado de mujeres; eso me podría llenar la cabeza de pensamientos raros y hacer perder concentración.
Si “Farruco”, para hacer honor a su cuna gallega, era testarudo, María lo era mucho más... con dulzura, pero con energía y carácter, nos tenía al trote, exigiéndonos cumplir un horario de ocho horas por día, salvo los domingos. Y así estuvimos seis largos meses.
Al quinto mes ya teníamos prácticamente dominada a la materia, pero María, argumentando el conocimiento que había adquirido por otros alumnos de las exigencias del profesor, sentenció: “Ahora vamos a estudiar exclusivamente los temas difíciles, los que siempre pregunta el maldito profesor.” Y eso fue lo que hicimos el último mes.
Desde Salta, Pocha y Ketty, la novia del “Ñato” Roberto, nos acompañaban con sus oraciones, una de cuyas prácticas era el rezo del vía crucis hasta la cumbre del Cerro San Bernardo.
El día del examen amaneció frío y lluvioso. Mi sobretodo gris cubría el traje azul marino que como cábala me acompañó en todos los exámenes. Más de una docena de alumnos estábamos inscriptos para rendir. Para cuatro era la última materia: Dorita, Roberto, un misionero (al que apodábamos con el apelativo de “buey”) y yo. Si aprobábamos, nos recibíamos.
En un aula con pizarrones en tres de sus paredes entramos los seis primeros. Nos asignaron medio pizarrón a cada uno. Cuando salía uno entraba el siguiente, de acuerdo a la lista de examen.
Fui llamado en el primer sexteto y me tocó compartir el pizarrón con Dorita. Los nervios habían aumentado su natural belleza.
A Dorita le asignaron un tema que yo entendía fácilmente y que me hubiera gustado desarrollar. A mí, el profesor me miró como con asco, y me dijo: “¡Sáquese el sobretodo!, aquí no hace frío.” Luego me pidió uno de esos temas que María nos había hecho estudiar a la fuerza, podría decir que a ese teorema lo sabía casi de memoria, de modo que con la tiza en una mano y el borrador en la otra comencé el trabajo... llevaba escrito casi todo el pizarrón y aún no había tenido necesidad de usar el borrador.
- ¡Señorita!, piense bien, no va por el camino correcto – le dijo el profesor a Dorita y, luego de mirar someramente lo que había escrito, dirigiéndose a mí pidió:
- Usted explique lo que hizo y a dónde pretende llegar.
Es posible que mi Ángel de la Guarda, trabajando horas extras, haya puesto en mi boca las palabras con las cuales María me había enseñado ese teorema. Expliqué lo hecho, lo que me faltaba desarrollar y a que fin llegaría.
- Muy bien, señor alumno. Ahora, dígame qué es esto, explique y resuelva. - Quitándome la tiza, escribió una fórmula matemática en el pizarrón.
Interiormente bendije a la “chueca”. Sabía qué era, cómo se resolvía y hasta me acordaba el resultado al cual debía llegar. Inicié mi trabajo y, cuando estaba llegando al final, el profesor me interrumpió con un par de preguntas a las que respondí expla-yándome en las repuestas.
- Señor alumno, ¿es ésta su última materia?
-
Sí, señor profesor, es mi última materia.
El docente me estrechó la mano y me dijo:
- Lo felicito, colega. Le deseo éxito en el ejercicio de su profesión. Aprobó con muy buena nota. – Con un ademán me invitó a retirarme y encaró nuevamente a Dorita.
Salí rameando el sobretodo, arrastrando los pies y sudando de nervios. A pesar del frío, busqué y encontré la mirada amiga del “Cacique” Pancho Villada. Luego vi a Pedrito, acompañado de Emma y algunos más. Todos nos confundimos en abrazos y palmadas. Pancho gritó: “Indio viejo y peludo, ¡llegaste!”. Respondí con mi tradicional grito de guerra: - ¡Arriba Boca ... cayajo!
Al rato salió Dorita, mirando el suelo, con el paso cansino y la vista nublada por las lágrimas que brotaban de sus verdes ojos. Preguntarle por el resultado del examen era no solamente obvio sino cruel. Me adelanté a mis compañeros, me paré frente a ella y le puse las manos en los hombros.
Estaba tan linda como siempre, a pesar de los sollozos. Las lágrimas le producían un brillo particular a sus ojos de esmeraldas. Como una justificación para sí misma exclamó: - Tuve miedo y me taré como una estúpida.
Por dos motivos, el primero porque quería hacer realidad un propósito nacido cuando la vi por vez primera en primer año, cuando compartimos la Comisión de Prácticos de Contabilidad, y el segundo para consolarla, la abracé como abraza un hombre a un ser querido y enjugué sus lágrimas con dos besos. Ella, sorprendida, me miró con una sonrisa y su boca articuló un “gracias, Indio”. Como un rayo de luz vino a mi mente esa Rima de Bécquer que dice: “Hoy la he visto... la he visto y me ha mirado... Hoy creo en Dios.”
Al rato salió “Farruco”, sonriente y alegre. Según él, había peleado como “gato panza arriba”, pero había aprobado. Los otros seguían rindiendo. Por las palabras del Profesor nos considerábamos aprobados, pero las Libretas con la notas se entregaban al concluir los exámenes de todos.
Nos fuimos con “Farruco” y el “Cacique” a un bar que existía a media cuadra de la Facultad. Festejamos con un café y una grapa. Luego pasamos por una Estafeta del Correo y remití un telegrama a mi “novia salteña” dándole la noticia con dos palabras: “Aprobé, besos”.
Pasado medio día nos dieron las calificaciones. En efecto, tenía la nota más alta de mi carrera. Volví a la casa común. Era tradición que, cuando alguno egresaba, esa noche hubiera asado, y tantos brindis como bebida hubiese en existencia.
Pedí comunicación telefónica a Salta. Tardaron como ocho horas en dármela. Al recibir la noticia, mi mamá lacónicamente me respondió: “Ya lo sabía”. Pocha había recibido antes el telegrama y se comunicó con mi madre, que recibió la noticia con alegría, pero quedó con “sangre en el ojo” por esos celos propios de la condición de madre, que ve cómo otra mujer les roba un hijo. (También es cierto que después Dios pone en las mentes maternas un consuelo: “No he perdido un hijo, he ganado una hija”.)
Al día siguiente fui a la Facultad, llené la solicitud de pedido de Diploma, cancelé mi inscripción en la Biblioteca, y saludé al profesor Dr. Alberto Arévalo, de quien durante un año había sido ayudante alumno y a su adjunta, Dra. Elsa Daminato. Como despedida, el profesor me dijo: “Espero que nos encontremos más adelante en un mismo campo de conocimiento. Cuando tenga alguna duda o quiera charlar un rato, acuérdese de sus ex profesores, que siempre estarán a su disposición.”
Después fui a la Iglesia de los Padres Carmelitas, ubicada en la Avenida Carlos Pe