Gustavo Enrique Wierna

 

 

ETICA

Y

DEONTOLOGÍA

 

 

 

 

Si en todos tus dichos, actos y acciones haz mantenido el equilibrio entre los excesos y los defectos  sin inclinarse  el fiel de la balanza, habrás vivido en el marco de la Ética.

 

Hubiera  sido más fácil deslizarse por el tobogán de los vicios, y posiblemente, habrás gozado las caricias del dinero y la fama que formarán el  ‘tesoro final’ de esta tierra,  que será roído por las polillas. Pero si enfrentaste la ‘cuesta arriba’ del camino de las virtudes habrás formado un ‘tesoro eterno’  habrás comprobado que el Prof. José Vicente Vitta tenía razón cuando nos decía: “La  Ética”  es  el  componente  imprescindible  de  toda  actividad humana,  y  la  búsqueda  de  la Calidad, de hacer  el  bien,  nos hará  virtuosos  y éticamente bien  el  servicio  que prestamos, en el sentido más antiguo y preciso de la Virtud: hacer las cosas técnicas. Es decir: hacer Bien el Bien eso es la Calidad  del Servicio

 

 

 

 

                                               

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Cuando alguien nos pide prologar un libro estamos ante una tarea no siempre sencilla.

 

                         El pedido puede originarse en razones académicas o en algo mas profundo: el afecto. Creo que esto último es el caso, y por eso lo acepto con modesta complacencia y gratitud.

 

                      Gustavo Wierna no es un filósofo. Toda su vida profesional y docente ha estado dedicada a desentrañar los verdaderos objetivos del Estado y la mejor forma de alcanzarlos. Imagino, porque lo conozco, que cada vez que el “compromiso con el bien común” se le aparecía como lejano o simplemente desconocido para tantos hombres con responsabilidades públicas,  más necesidad sentía de poner en el centro de la escena  las categorías de la ética, la moral, los valores, como la única manera de salvar lo que a veces se nos muestra como irremisiblemente perdido.

 

                     Sin embargo, Wierna trasunta en toda su obra un perceptible optimismo, sustentado en una sólida fe que lo alimenta en todo momento, no solo cuando encabeza cada tema definiéndolo con una cita de La Palabra, sino cuando sé autodefine: “El sujeto de la Etica está en el hombre y porque creo en Dios, creo también que el hombre sabrá retornar a sus raíces que son los valores”

 

                   Reconforta que un libro de Etica tan necesario en los tiempos que corren, comience, se desarrolle y concluya con la idea del hombre  como buscador de la felicidad. Es destacable la valentía de quien decide con ideas claras y precisas, respetando las del otro, encarar un trabajo  sobre ética especialmente en el ámbito profesional. 

 

                  No debemos olvidar cuando nos dice que nuestra relación con  los claustros universitarios empieza un día pero no termina nunca. Por eso resalto  la importancia  del libro porque creo que todos nosotros, miembros de  esta querida Universidad, que mucho le debe, tenemos que repasar una y otra vez estas ideas para tener siempre presente la frase: solo la verdad nos hará libres... y agregar, parafraseando al autor: ...nos hará libres para buscar la felicidad.

 

                  ¡La felicidad ...! Desde las primeras páginas, y recorriendo la columna vertebral del agradable pero no menos riguroso camino que nos invita a transitar Gustavo Wierna, se me presenta como el tema recurrente del libro.

 

                  Me preguntarán: pero, ¿no estamos ante un libro que se llama “Etica y Deontología”?  Justamente, la claridad de los pensamientos que nos transmite y la sencillez con que nos invita  a transitar los conceptos básicos que hacen al ser humano, su esencia, su inserción social, las normas que él mismo crea para regular su vida en comunidad, en suma, cuanto somos, hacemos o dejamos de hacer, se refleja en esa única idea que no por sencilla y simple deja de ser la mas trascendente y difícil de encontrar para el género humano: el hombre ha nacido para ser feliz. En definitiva, el claro mensaje de este libro es: solo haciendo lo correcto (es decir actuando éticamente)  se puede ser feliz.

 

Como buen docente al fin, Wierna nos entrega una obra que percibo dirigida a sus alumnos  de décadas  y especialmente a las generaciones universitarias que vendrán. premonitoriamente, alguna vez me confesó cuando nos ilusionábamos con la formación  profesional que debíamos procurar:  de nada vale que en la Facultad enseñemos el “como” si no logramos primero que  los jóvenes y los no tan jóvenes comprendan y se comprometan con el  “para que” tengan  sentido nuestras acciones.

 

Por eso el libro nos lleva metódicamente  del deber ser al ser, de la Etica a la Deontología, en permanente dialéctica en los temas que le fueron mas caros en su dilatada vida pública: el estado, la profesión, los estudiantes, la docencia universitaria.

 

Este desafío está prácticamente anunciado en el simpático diálogo al que se anima con su Sindéresis, con el que comienza y termina su obra. Bueno sería que todos nos animemos con la misma franqueza.

 

                                                                         Luis Alberto Martino

                                                            Decano Facultad de Ciencias Económicas

                                                                      Universidad Nacional de Salta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


EL MOTIVO

            Este escrito está destinado a servir como guía en el Seminario de Ética y Deontología destinado a los alumnos de los últimos años de la las carreras que se dictan en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Salta.

 

No se trata de un Libro de Ética, que con su título asustaría a los señores estudiantes, que por culpa del ‘pragmatismo’del nuevo Plan de  Estudios de la Facultad, que pretende  llevarnos a ignorar que los educandos y educadores son hombres  libres.  Cumpliendo los  Estatutos de la U.N.Sa, que es similar en ese aspecto a los  existentes en casi todas la Instituciones Universitarias del mundo, se sostiene como misión fundamental de la Universidad la formación integral del hombre, para luego adornar su intelecto con disciplinas  que le permitan ejercer una profesión,  con ciencia y conciencia,  ocupando el  lugar que en la sociedad se encuentra reservado para  los profesionales universitarios. Es solamente un aporte a la formación humana destinado a llenar un vacío en la formación profesional  que influye en la consecución de los objetivos de las Sociedades Políticas. 

 

            Partimos del convencimiento que la Filosofía como ciencia es la Escuela de Vida para los hombres y, que la  Ética al referirse a las relaciones del hombre consigo mismo, con sus semejantes y con las personas de existencia ideal, que como fruto de su libertad pueden crear, es el camino que pasando por la Felicidad individual puede lograr   que una Comunidad luego de alcanzando el Bien Común, pueda gozar de la Paz Social.  

 

            Reiteramos conceptos vertidos en mi libro “Ética y Deontología”, por que la edición del mismo se encuentra agotada, y porque el problema de fondo es el mismo. Por ese motivo doy inicio recordando el Diálogo Íntimo.

         

           Debo dejar aclarado que no soy un graduado en Filosofía, tan solo un docente de asignaturas de hondo contenido social, que durante casi cincuenta años  tuvo a su cargo la enseñanza de disciplinas que por su esencia se refirieron a los hombres,  a sus relaciones sociales y  las cuales para ser fructificas deben  tener como base la Ética.   

 

Diálogo Íntimo

     

              No conozco ningún hombre que, en algún momento de su vida, no haya sentido la necesidad de  hablar consigo mismo, preguntarse cosas o pedirse aclaraciones sobre su forma de proceder. Que, buscando un culpable de sus desventuras, no haya exclamado pidiendo explicaciones "¡Dios mío!, ¿Por qué a mí?". Por lo general, en lo más profundo, la conciencia siempre me responde con otra pregunta: "¿Y por qué a ti no? ¿Acaso tú eres superior a alguien?  ¿Qué corona cargas que te diferencies de otros hombres?".  Esto es lo que pretendo hacer, entablar un diálogo con el asesor de mi conciencia, la Sindéresis.

 

            Previamente, es lógico que aclaremos la identidad de esa señora. Y digo señora porque siempre encontré el término “sindéresis”, precedido por el artículo “la”;  por eso deduzco que es una mujer, que por lo “mandona” debe ser casada y por lo "testaruda y pertinaz", si tuviera una existencia física, diría que ha nacido en la hermosa tierra gallega, con sus admirables bellezas naturales, y sus gentes tan queridas,  que la hacen tan especial.

 

            Pero los filósofos y los entendidos de esos temas dicen que "sindéresis" es esa chispa de la conciencia que, habitando en la Virtud de la Prudencia, nos indica  lo bueno y  nos impele a realizarlo, mientras nos reprocha lo malo. Es el motor que mueve la conciencia humana, es ese "algo" que existe dentro de nosotros, que no podemos engañar ni hacer callar. A la conciencia podemos no escucharla y hacer, decir o pensar lo malo, hasta gozarnos con ello; fácilmente y sin siquiera sonrojarnos,  siempre  nos justificamos. Total, luego de un arrepentimiento, con algún grado de propósito de enmienda, generalmente incumplido, interiormente  nos sentimos perdonados. Pero entonces surge ella: ¡la Sindéresis!, Que tal vez pueda aceptar que nos consideremos perdonados, libres de pecado, pero nos impide olvidar, y a cada paso nos recuerda nuestro anterior renuncio, diciéndonos: "Dios ha concedido al hombre la facultad de perdonar, pero el olvidar ya no depende de los hombres sino de  Él,  y es mi misión hacértelo presente en todas las instancias de tu vida, poniendo énfasis en tus culpas, para que te conviertas y vivas".

 

Me armo con el valor necesario para enfrentarme a mí mismo, pongo en mi rostro  el gesto que guardo para exhibir cuando debo hablar en serio, y le pregunto a mi Sindéresis:

 

- ¿Por qué si Dios creó al hombre para que sea feliz, tú y los demás hombres me lo impiden?

 

 Me responde:

       - Porque  también tú eres hombre y todos los hombres son libres.

 

Le digo:

- ¿Y qué tienen que ver mi condición de hombre y mi libertad, con el fin de ser feliz?

 

Con tono de aclaración me dice:

- Ese es tu problema de hombre y tu obligación de docente. Busca en tu naturaleza humana, analiza los conceptos,  los motivos que  guían tus relaciones con tu prójimo y cuál es la misión que te confió la sociedad al permitirte el honor, que es una enorme responsabilidad, de cooperar en la formación de los hombres. Y luego, si te sientes con culpas, ven para continuar nuestra charla. Te acompaño en esa búsqueda... siempre estaré contigo.

     

Le prometo:

-  Eso es lo que trataré de hacer a lo largo de unas cuantas páginas, pero ¿cómo   puedo hacerlo?

 

Me sugiere:

-  Haz un plan del  cómo y del por qué obraste en tu vida, cuál era tu deber y cuál fue tu ser,  y trata de llegar a una repuesta que te satisfaga.

 

                   Esto trae a mi memoria algo que leí, hace tiempo en una obra de don Francisco  de Quevedo: “Muchos son buenos si se da crédito a los testigos, pero pocos si se toma una declaración a su conciencia”, y ello me lleva a responder:

 

-  Bien, comenzaré por el sujeto, analizando la naturaleza de los  hombres, planteándome lo que en realidad  soy,  cuál es la  misión que debía cumplir, conmigo mismo y con la sociedad,  cuál es el camino que debo transitar para llegar a la felicidad, y cómo debe ser mi aporte a los demás hombres.

 

Y dando por concluido el diálogo me dice:

 

- Escríbelo como un examen de conciencia, de forma que pueda servir a tus colegas y amigos. Pero ten presente que tú no eres precisamente un modelo, sino solamente un ser humano, con más defectos que virtudes, pero mediante tu profesión  adquiriste la obligación  de hacer fructificar los talentos recibidos. No está en ti elegir la tierra, ni el pretender frutos, sino que tu mandato profesional es solamente sembrar... y ahora ¡basta de palabras! ¡El tiempo corre para ti muy aprisa, comienza a trabajar!      

 

Medito y me propongo:

 

             A este análisis de mi condición de profesional universitario, dedicado  más de cuarenta años a la docencia universitaria, voy a escribirlo, luego de leer bastante, apenas como un aporte que pueda servir de ayuda a una reflexión sobre uno de los problemas fundamentales del hombre: el servicio ético que debemos brindar los que fuimos beneficiados por la Sociedad con la posibilidad de obtener un título de profesional universitario, accediendo, de ese modo, a un compromiso social. Asumir ese compromiso nos permite caminar hacia nuestra realización como hombres por el sendero seguro, aunque no fácil, que lleva a la felicidad propia y ser parte en la construcción del bien común. El hombre podrá ser feliz y brindar un servicio de calidad, en la medida en que al vivir su vida la ofrezca con la alegría de saberse útil.

                             

            Todo lo que expondré constituirá una meditación en voz alta, con mi Sindéresis por testigo, buscando las causas por las cuales, aparte de las leyes divinas, siempre existieron y existirán  normas nacidas del espíritu social del hombre que nos indicará pautas en nuestra forma de comportamiento con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con toda la Naturaleza creada. En última instancia es esto lo que nos permite obrar con libertad.

 

Le digo a mi Sindéresis:

 

-      Mi querida sindéresis,  conforme tu sugerencia, buscaré  en mi naturaleza humana lo necesario para realizarme como un hombre, que lucha diariamente, armado con sus virtudes y sus valores, contra los vicios propios y ajenos. Trataré de analizar lo poco bueno que pude haber hecho y lo mucho malo que obré, meditaré conductas, y trataré de comprender y superar  los obstáculos que me impiden llegar a ser feliz. Tengo claro que mi felicidad depende en gran medida de mí  mismo. Haré mi examen de conciencia como padre, como esposo, como docente y como profesional universitario. Reconozco que siempre pude haber hecho mucho más, y desde ya esa es mi culpa.  Me preocupa el juzgamiento de los hombres, pero confío en el Juicio de Dios, porque traté que  mi obrar siempre fuese justo y fruto del amor.

 

-     Seré juzgado por el Hacedor del Amor.  A ese Juez me someto. ¿Qué más puedo hacer?

 

Me responde:

-    La felicidad no es un regalo que gratuitamente te obsequiará el Autor de las cosas. Es una  meta que se debe conseguir, pero para alcanzarla hay que desearla con todo el corazón. Dijiste que el vivir ético es el único camino que conduce a la felicidad. Si pusiste todos tus  sentidos  en cada uno de tus pasos por el camino de la Virtud, para que todos ellos sean  actos de amor, habrás cumplido con él deber de sembrar. Que no te angustie el pensar en los frutos.

 

En el Eclesiastés encontrarás escrito: «¡Anda, come con alegría tu pan y bebe con  agrado tu vino! que Dios esté contento con tus obras»

 

         Vive la vida con la mujer que amas, con la familia que como premio te confió Dios, con los amigos que supiste conquistar en todo el espacio de tu existencia bajo el sol,  ya que todos ellos son parte de tu  vida y  tus afanes. Si al final del día puedes cerrar los ojos con tranquilidad, porque lo que había que perdonar ya lo has perdonado y lo que debías agradecer ya lo has agradecido, entonces estarás en paz contigo mismo, y dormirás feliz tu sueño.

        

         Cualquier cosa que esté a tu alcance hacer, hazla según tus fuerzas, porque no existirá obra, ni razones, ni ciencia, ni sabidurías  en el lugar a donde te encaminas. Recuerda siempre lo que te dijo un amigo que te quiere: “Las mortajas no tienen bolsillos”

         

          También está escrito “¡Basta de palabras! Todo está dicho: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser un hombre cabal. Porque toda obra la emplazará Dios a su juicio, y también todo lo oculto, para ver si es bueno o malo”. Ser feliz depende de tu comportamiento, del cumplimiento de tus deberes sin que yo tenga nada que reprocharte. No lo olvides, ve y vive siempre como si ese fuese el último día de tu vida terrena.

 

Ten presente que al  final de tus días yo estaré contigo. Mi misión puede ser la de un  Fiscal, que también puede  llegar a pedir tu absolución. Eso dependerá del celo que pusiste en tus obras.

 

           Con mucha razón el abogado, músico y poeta de tu tierra, don Gustavo «Cuchi» Leguizamón,  manifestó: “No me importa perder todos los juicios en esta tierra, si gano el Juicio Final”.

 

Y a ese Juicio  debe ganárselos desde aquí,  de esta Tierra, desde ahora, y desde ya, sin tiempo que perder. Porque mientras haya en ti un soplo de vida  habrá esperanzas.

                                                       

                                                                                                               El Autor

 

 

 

Capítulo I

EL SUJETO DE LA ÉTICA

Título I

EL HOMBRE

 

Y  los bendijo Dios y les dijo “Sed fecundos

Llenad la tierra y sometedla; dominad en  los

peces del mar, en las aves del cielo y en todo

animal que serpea sobre la tierra...................

Génesis 1 28

 

Me considero un hombre, tanto en lo físico como en lo espiritual. Pero ¿qué es el hombre?, ¿De dónde viene?, ¿Cómo vive?, ¿Cuál es el fin de su existencia?, ¿Qué deberes tiene que cumplir, y qué derechos le asisten?

 

¿Qué es el hombre?

 

            El Diccionario de la Real Academia Española lo define como "ser animado racional". Bajo esta primera acepción se encuentra comprendido todo el género humano. Al considerarlo "animado" nos dice que está "dotado de alma", y al verlo como "racional" nos recuerda que somos  integrantes del reino animal pero dotados de razón, entendimiento y libertad. El hombre posee capacidad para el asombro, para amar y para odiar. Hasta la fecha, y de acuerdo a lo hasta ahora conocido, es el único animal sobre esta tierra que posee la facultad de comunicarse, con el presente por su lengua, sus hechos y sus escritos, con el pasado por el legado histórico que nos dejaron, y con el futuro, por sus obras.

 

Podemos decir, sin margen de error, que el hombre es un ser racional dotado de alma y cuerpo, con capacidad de asombro, lo que le permite avanzar en el conocimiento de las ciencias, las técnicas y las artes. Mediante el dominio de éstas llega a modificar la naturaleza que lo rodea. Su capacidad de amar y de odiar lo convierte en un ser social, que solamente puede llegar a su plena realización en sociedad y con la ayuda de sus semejantes.  Basta para comprobarlo pensar que es uno de los integrantes del reino animal que nace más indefenso; luego del instante de su nacimiento, si no cuenta con la ayuda de otro ser, inevitablemente muere.

 

Una de las condiciones que distingue al hombre del resto de los animales, es su capacidad natural para aprender, imitando a quienes  le rodean y enseñando lo aprendido a los demás. Por eso podemos decir que el derecho de aprender y la obligación de enseñar son atributos que hacen a la naturaleza del hombre.

 

            Su condición de ser social y su capacidad para el aprendizaje lo constituyen en  la "causa eficiente de la prospectiva" (1) puesto que, sin la existencia del hombre, el progreso hubiera sido imposible. Su libertad y capacidad para obrar conforme a los dictados de su conciencia lo constituyen en sujeto responsable, tanto de la vida en comunidad como de la conservación de las especies y del medio ambiente.

 

Debemos considerar al hombre siempre como una unidad, una totalidad de alma y cuerpo, que vive en sociedad. Inclusive el anacoreta, que se aísla en un lugar solitario, entregado enteramente a la contemplación o a la penitencia, encuentra en esa forma de vida la manera de ser parte de la sociedad.

           

              Dentro de nosotros existe una lucha permanente, un enfrentamiento donde aparecen en pugna dos bandos contrarios. Por un lado, en nuestra Conciencia, dirigida por la Sindéresis, encontramos las virtudes y los valores infundidos en nuestra alma por la Ley Natural y por las normas sociales dictadas por nuestros semejantes. Por el otro, los vicios que son propios de la naturaleza humana,  de la convivencia social y los otros que por mal ejercicio de muestra libertad agregamos

 

              550 años antes de la era Cristiana Kun-fu-tseu, conocido por nosotros como Confucio, nos decía que nada es tan natural ni tan sencillo como la moral, "su práctica se reduce a tres leyes fundamentales de relación: entre vasallos y señores, entre padres e hijos y entre marido y mujer; y al ejercicio de estas cinco virtudes capitales: la humanidad, es decir el amor a todos sin distinción ninguna; la justicia, que da a cada uno lo que le pertenece; la observancia de las ceremonias y usos establecidos, a fin  de que todos los que viven juntos sigan una misma regla y participen de las mismas ventajas y de los mismos inconvenientes; la rectitud de juicio y de sentimiento para buscar y desear lo verdadero en todo, sin alucinaciones egoístas para sí, ni apasionadas para los otros; la sinceridad, o sea un corazón abierto que excluya la ficción y el disimulo, así en las palabras como en las obras.

 

Tal es, en resumen, la moral de Confucio, cuyo carácter distintivo es hacer derivar todos los deberes a partir de la familia, y reducir la virtud a una sola: la piedad filial. Su dogma es la obediencia del inferior al superior.  Si hay un paraíso, los virtuosos gozarán en él de mil delicias; si hay un infierno, los malvados serán precipitados en él, pero ¿quién puede afirmar que existe o no?. Abstenerse del mal y hacer el bien, he aquí el punto más importante. El Tai-hio  recomienda que lo principal es la virtud y lo accesorio las riquezas y el bienestar. El Lin-in   encarga que “no hagas a otro lo que no quieras para ti. Procede así y basta; las felicidades del paraíso, si hay uno, vendrán en consecuencia.”(3) <